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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.
Siempre que se habla de dictadores, me vienen tres nombres a la cabeza: Hitler, Mussolini y Franco. El primero se salvó de la humillació extrema sucidándose de alguna forma; el segundo no tuvo tanta suerte, y acabo colgado por las piernas, con las partes pudiendas rebanadas. El tercero, nuestro Paquillo, tomó nota de lo que les había sucedido a los anteriores. Se aferró a la poltrona, no se la jugó ni siquiera cuando le obligaron a ceder incondicionalmente so pena de unirse a África en lugar de Europa. Pero lo que tienen los miserables es que la historia les condena, y no hay impunidad que valga. A la familia Franco les dolió que se publicara la foto de Paquito intubado hasta por el culo, y no fue sólo por la dignidad de la persona en cuestión. Los dictadores, es lo que tiene, no pueden perder ni un ápice de dignidad, so pena de perderla toda. Cuántos franquistas redomados, al ver la foto del dictador, no dudaron de que esa cosa hubiera actuado “por la gracia de Dios”, que decían las monedas de duro. Al Pinocho le pasa lo mismo. El cerdo este ha muerto, que la muerte a veces es cosa muy buena y saludable, ahorrándose un juicio formal que en el fondo no era necesario. Sólo con sus actos y declaraciones públicas había suficiente para empalarlo en vida y dejarlo pudriéndose bajo un nido de hormigas r La presidencia de un parlamento suele ser un cargo bastante testimonial. No es que no haga nada, porque su función consiste en dar y quitar la palabra en el hemiciclo, que no es poco. Sin embargo, no se trata de un cargo de decisión política, sino más bien funcionarial, administrativo. No es de extrañar, por tanto, que en muchas ocasiones la elección del cargo se haga más teniendo en cuenta el salario que la tarea a realizar: los Presidentes del parlamento tienen pensión vitalicia, y ello es muy importante para los que llevan muchas legislaturas en política, demasiadas para volver fácilmente a su vida anterior, con sueldos más –digamos- recatados. Tal fue el caso de Heribert Barrera, primer presidente del Parlament de Catalunya tras el franquismo, escogido más por esa razón que por sus más bien escasas aptitudes para el diálogo y la concordia. Por eso me sorprendió ya la legislatura pasada la elección de Ernest Benach como presidente del Parlament. Para los que no le conozcan, es un tipo barbudo y barrigudo, con una cara de complacencia que tumba. Forma parte de ese sector de gordos que se lo han currado, vamos, que no es cuestión sólo de genética, sino que han realizado un esmerado trabajo de ingesta y deglución en cantidades pantagruélicas. Además de comer, al señor Benach le encanta el fútbol. Muestra de tal pasión es la diligencia con que asiste al palco del Camp Nou, con mayor regularidad y eficacia que cuando ocupa la silla presidencial en las antiguas caballerizas de la Ciutadella. Su gordura le hace f&aac |