La locomotora del PP se está quedando sin nada que echar a la caldera. Las encuestas dicen que se acercan al PSOE; pero claro, las elecciones no sirven para escoger al mejor, sino para echar al que lo hace mal. Y vistas las exigencias del pueblo español a la hora de seleccionar presidente (si Aznar lo fue…) el PP tiene claro que hay Zapatero para rato.
Acabados los cadáveres de ETA, echada al fuego hasta la última página del estatut, se agota el combustible, ¿Qué quemar? Ya está: negros y moros, que hay muchos, apestan y no están sindicados. Dicho y hecho, el tal partido ha corrido a informar a la población de los peligros del inmigrante: forma guetos, genera delincuencia y (¡Oh Hipócrates, Oh Galeno!) trae enfermedades a la Una Grande y Libre.
Pues aquí estamos, peinados y con la cara recién lavada, cada vez menos atónitos al comprobar cuánta razón tenían los griegos al considerar la historia como algo cíclico. Sin embargo, no deja de sorprender lo sencillos que son los cambios, lo sabia que es la naturaleza. Por pillar unos cuantos votos, sin ánimo de ofender, el PP ha puesto sobre la mesa el tema de la inmigración en la línea que le caracteriza, o sea, a grito pelado.
Si ignoramos el sonido gutural y nos fijamos en la copia escrita (la que se puede asumir sin tener arcadas), observamos en esta ocasión que el llamamiento suena un poco a enlatado, a producto de segunda mano. No me refiero -que también- al hecho de que la llamada a la xenofobia sea una forma milenaria de control social, que también. Los grandes partidos llevan ya algunos años gobernados a la par por la ejecutiva del partido, de un lado, y los consejeros y asesores profesionales, externos a la organización, por otra. Los primeros a_aden el factor primario, pero los segundos son los encargados de dar la receta para el triunfo, y tiempo ha que los grandes partidos de nuestro país se han profesionalizado.
No me cuesta nada imaginar al señor Acebes, o a Zaplana...
(... continúa)